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El vigilante encerrado.



Llegué a Valencia en plena hora del burro y tenía mi cama entre ceja y ceja.


Me tocó madrugar ese día para llevar a Elena a Maiquetía. Ya entrando a Carabobo me explotó un cansancio de locos. No me tripié las dos horas de cola a la ida y las tres de vuelta, en una Terios sincrónica con un aire acondicionado echándose tres.


Pero bueno viejo, cuando toca, toca.


Cuando entré a mi residencia ya podía sentir el confinamiento del iglú místico, mi cuarto hermético a 16 grados Celcius, oscuridad absoluta, una colcha espumosa y mi cama llamándome a gritos.


Compadre, cómo la deseaba.


Terminé de subir a mi apartamento y vi que sólo estaba la señora Yaneth.


¡Vamos! Me dije a mí mismo. Con ella las posibilidades que me estorben son remotas. Pero igual hay que estar seguros.


-Hola Señora Yaneth, ¿cómo le va?


-Muy bien Carlitos, ¿cómo le fue?


-Bien, bien, gracias. Pero muy cansado. Señora Yaneth, mire, apagaré mi teléfono un rato porque necesito descansar y cerrar los ojos un poco. Si alguien llama a la casa o preguntan por mí, por favor dígale que los contacto luego.


-Vale. Seguro, que descanses. Y feliz fin de semana.


-Igualmente. Nos vemos el lunes.


-Si Dios quiere.


-Amén.


La saludé y cerré la puerta. Enseguida comenzaron los preparativos de mi santuario. Airesito prendido, cortinas cerradas y ningún riesgo que alguien irrumpiera la cueva hasta que la hibernación hubiera concluido.


Se me salió una risita de imbécil cuando de vaina me tropiezo al quitarme los jeans apretados y cremosos que traía puestos.


Verga, debí apestar a correcaminos muerto en ese instante, pero la ducha bien que podía esperar.


Todo podía esperar.


Me puse unos chorsitos de los que llaman “busca-maridos”: chores bien cortos, frescos y espaciosos, de esos que jamás irritan – no sé si te ubicas. En fin, debía obsequiarme el descanso que merecía.


-Ya casi.


Me dije en voz baja.


Finalmente, me quité la camisa, me posicioné frente a la cama y me estiré completamente, desde las puntillas de los pies hasta los dedos las manos, extendidos al aire... y ahí me quedé... hasta que se me fueron los tiempos y me desplomé.


Caí al vacío.


Hasta que fui majestuosamente absorbido por el colchón ortopédico que alojaría mi divina posición horizontal por las siguientes horas.


-Nagüebonadas, lo logré...


Me susurré en un tono casi melancólico. Continuaba a repetirme frases de alivio para convencerme que esta pesadilla verdaderamente había llegado a su fin. Diez horas antes, a las fucking 4:20 de la mañana, no me veía en capacidad física ni mental de sobrevivir el asalto para presenciar este bendito momento.


Me extendí para alcanzar una segunda almohada a la cual le hice una llave mortal entre mis piernas mientras giraba en posición fetal.


-Ahhh...


El dolor en el coxis comenzaba a desaparecer. Mis brazos se sentían más livianos y mi mente más ligera. Lentamente movía cada uno de los dedos de mis pies, sintiendo cada detalle, cada huella, cada presencia... esperando ansioso ser recibido en las puertas de Morfeo. La tranquilidad comenzaba a abrumar y la falta de preocupación me hundía en la corriente sideral que me transportaba directamente a...


-Tac. Tac. Tac.


Me sacudieron tres golpes sólidos. Y déjame decirte, no venían precisamente de la puerta del dios griego de los sueños.


Arrugué mi cara, la presioné fuertemente contra la almohada y liberé un corto gimoteo desesperado.


-Tac. Tac.


Nuevamente. Sólo dos toques esta vez.


Pensé en hacerme el dormido, pero el daño ya estaba hecho.


-¿Carlitos?


Respiré muy profundamente y sin mucho esfuerzo, hice sonar mi voz lo más dormida posible:


-¿Qué pasó?


-Francis me acaba de llamar, te necesita urgentemente.


-¿Francis? ¿No puede esperar?


-Dice que es urgente. El vigilante nuevo se quedó atrapado en la vigilancia y las llaves de repuesto sólo las tienen los miembros de la junta. Todos están fuera hasta mañana, excepto . Y bueno, Carlitos, sabes que es viernes y la esposa de Jony da a luz hoy en el Hospital Central a las cinco de la tarde. Es urgente.


Sus palabras eran balas a mis orejas.


Todo con Francis siempre es urgente y exagerado.


Primero: “Francis dice muchas cosas” – Juan Alonso, Agosto 2002. Cita célebre en mi residencia. Hay que tener cuidado con Francis. Es muy querida, pero tiene ojos en todos los cimientos de La Florida. Además, le gusta el tabasco, el picante – la exageración, el drama, los chismes. Por lo cual, que nadie de la junta está aquí me olía raro.


Segundo: ¿Qué vigilante se queda atrapado es su propia caseta?


Tercero: Lo de la esposa pariendo debe ser picante de Francis. Ajuro.


-Está bien, señora Yaneth. Dígale que ya bajo. Que me de unos minutos.


Me pongo de pie, me estiro y suspiro profundo.


Exhalo.


-Que ladilla, viejo.


Veo mi celular. Dos llamadas perdidas. Richard y Laura. Dos miembros de la junta.


Esto como que sí es verdad... coño de la madre.


Abrí Whatsapp. Buscador: Junta del Condominio La Florida. 27 mensajes. Leo rápidamente para entender qué carajos estaba pasando y... sí, sí, sí, ¡confirmado!


  1. No habría nadie hasta mañana. Éramos yo y sólo yo.

  2. La esposa de Jony estaba dando a luz a mellizos por cesárea y debía ser pagada de antemano. Por supuesto, Jony debía estar ahí.


Balas, dagas, granadas – toda mierda atravesaba el fortín y destruía mi santuario.


Respiré profundo nuevamente.


Ok, la vaina no es tan grave. Pensé.


Sólo debía entrar en la administración, agarrar las llaves de repuesto de la vigilancia y luego proseguir a liberar al vigilante. Un, dos. “2–T” como decimos allá. 5 minuticos, como mucho. Me puse mis crocs morados, dejé el iglú encendido y tranqué la guarida sabiendo que muy pronto estaría de vuelta, horizontal y arropado hasta las metras.


-À tantôt.


Le dije a Cleopatra, dormida en su sofá, mientras llamaba el ascensor, el cual abrió enseguida. Para el hecho que vivo en un piso 13, ya me había ahorrado unos 30 segundos de espera. Todo fluía de maravilla. Aún medio drogado del sueño, me recosté de la esquina del elevador mientras hicimos el descenso.


Medio minuto después desperté noqueado y salí desorientado hacía el lobby. Sacudí la cabeza y ya en mis sentidos, me terminé de dirigir rápidamente a la administración. Me tomó un pelo más de lo que pensaba encontrar la llave, pero en cuestión de segundos, “voilà”, la tenía en mi mano. Calculo que “a vuelo de pájaro” habrían transcurrido un par de minutos, máximo.


Todo navegaba con el viento en popa.


Salí de mi torre y me dirigí hacia la vigilancia. El sol y los 30 grados celcius me cegaban la vista. Me tuve que poner la mano sobre la frente para lograr ver la escena del crimen. Efectivamente, ahí se encontraba el sujeto encerrado, medio encorvado como siempre, dentro de su propia caseta de vigilancia.


Increíble.


Echado, viendo televisión, como si nada estuviera pasando. Cuando me vio, sonrió de oreja a oreja e imitó ese emoji del güevon con los brazos abiertos, sin explicación ante semejante estupidez.


Terminé de acercármele.


-Que vaina Jony, ¿qué coño pasó?


Le agregué una risa política.


-Coño vale, estaba haciendo como me enseñó Francis esta mañana y mientras probaba abrir por fuera, la llave hizo plap... y se rompió.


Se me pelaron los ojos. Esto complicaba BURDA las vainas. Alarmado, exclamé:


-¿Cómo que se rompió, Jony? ¿Qué me estás diciendo?


-Si patrón, mire, ahí, se rompió. Agáchese y vea.


Jony sacaba la mano a través de la puerta de barras y señalaba la cerradura.


-¡Ahí, ahí, mire!


Decía señalando al cerrojo exterior.


-Coño, ya va, Jony, ¡déjame ver!


Naturalmente, ahí estaba la llave rota y encajada, impidiendo así que la puerta se abriera por cualquier lado. Hacía falta un puto cerrajero.


-Jony, ¿tu probaste abriendo la puerta primero por dentro?


Le pregunté con una esperanza ridícula.


-No, patrón.


-¿Y esa vaina por qué? Entiendo que puede que sea más interesante abrirla por fuera, pero...


Me interrumpió.


-Francis me dijo que así era.


Respiré profundo.


-Bueno, tranquilo papá. Vamos a resolver. Prueba abriendo desde adentro.


Le pasé el repuesto de las llaves.


-Patrón esta vaina no entra. Yo creo que aquí necesitamos ayuda profesional. Y chamo, mi esposa da a luz a mis carajitos hoy a las 5 y...


Me regresó la llave. Ayuda profesional...


-No te preocupes, Jony. Usted estará ahí con su señora. Ya ando resolviendo.


Mis palabras me sentenciaban a la guillotina.


-Váyalo Carlitos, ¡gracias, papá!


-No hay de qué, viejo.


Nuevamente, este peo se podía resolver en cuestión minutos.


Aún frente a la vigilancia y aprovechando la cobertura de Digitel, busqué en Google: “cerrajeros en Valencia” y pam,aparecieron como siete números.


Comencé a llamarlos uno a la vez.


Nada.


Nada.


Nada.


Viernes de carnaval, muchos cerrajeros ya no trabajan... andaban en Tucacas bebiendo curdas. Yo lo que escuchaba era el Tic-tac, del reloj que pronto serían gritos del quirófano, si seguía así.


Nada.


Nada.


-¡Buenas tardes, Cerrajería Aladín!


¡Vamos!


-Si buenas, estoy en busca de un cerrajero.


Dije.


-Le informamos de antemano que cerramos en veinte minutos y sólo efectuamos comandos después que el pago sea realizado, aquí en el negocio, en efectivo.


No vale, escúpanme de una vez. Efectivo en un país sin billetes... Arrecho y ansioso respondí:


-¿Aceptan débito? El efectivo está como complicado estos días...


- Sí aceptamos débito y las órdenes sólo pueden ser efectuadas después del pago y...


-Ok, voy saliendo.


Colgué el teléfono. Eran más mis ganas de salir de esto que las que tenía para ponerme a discutir. Además, no era tan lejos, calculo unos 2-3 kilómetros. Vamos a salir de esta vaina y volver a la cueva.


-Ya te voy a sacar de ahí, Jony. Voy a subir a buscar las llaves del carro para ir a buscar al cerrajero. Ya vengo.


-¡Váyalo patrón! De verdad agradecido y disculpa si le molesté.


-No te preocupes, hermano. No es nada.


A veces no sé si soy político o hipócrita. Pero esto me lo decía Jony instaladito desde la comodidad de su silla, viendo su partido de pelota criolla en su jaula, sonriendo de oreja a oreja. Nervios de acero.


Subí rápidamente y volví a ponerme mi ropa pegajosa que seguía en el percho: era lo más rápido y conveniente. Con mucho dolor decidí apagar el aire acondicionado ya que esto implicaba salir de mi residencia.


Mi corazón se derretiría con mi templo.


Al salir del cuarto, presencié entre las rendijas como el ascensor se iba instantes antes que yo oprimiera el botón. 60 segundos perdidos.


Mientras esperaba, decidí sentarme en el sofá de su Majestad, la Faraona, que se encontraba allí, todavía dormida.


Terrible decisión. Creo que no le gustó mucho el olor a correcaminos porque saltó instantáneamente y clavó sus colmillos en mi muslo izquierdo.


Para ser una Doberman Pinscher, te cuento que tenía unos buenos colmillos. Era una perrita adorable que se alimentaba del miedo de las personas.


Anyways, se abrió el ascensor y ahí seguía Cleopatra guindada en mi muslo. Lograré empujar a la bestia de lado y liberarme para alcanzar mi transporte antes que fuera tarde.


En menos de 90 segundos ya estaba montado en mi Terios, encendiéndola, metiendo primera y picando cauchos, como un toro prendido en candela en el estacionamiento.


Juré que Jony mantendría el portón abierto para mí - como había estado todo el día -, pero estaba cerrado y no había rastro de Jony en ningún lado.


Tic – Tac, sonaba el reloj.


No me jodas, Jony. ¿En serio te metiste a cagar?


Pensé. Cuando se cumplió el minuto toqué un par de veces de la corneta. Rápidamente salió el cabrón del baño, riéndose y rascándose una nalga. Me señaló, y picándome el ojo me dijo


-Eres tú, patrón.


Luego abrió el portón. Fueron unos segundos incómodos mientras esperaba para arrancar.


Metí como 80 en la calle de servicio de mi casa. Parecía ser verdad que todos estaban yéndose de fiesta. Fueron 2.000 metros rectos con todos los semáforos amparándome en verde. Llegué a mi destino en un poco menos de tres minutos.


Terminé de estacionarme, me bajé del carro y me acerqué al negocio.


Parecía que todos los vigilantes en Valencia se habían quedado encerrados y tenían esposas pariendo, porque la fila de gente le daba vuelta al negocio. No tenía opción así que tomé mi puesto en la fila, mientras el vigilante atrás de mí bajaba la santamaría del negocio. Si Cleopatra se esforzaba un poco más, Jony se quedaría chillando a pulmón pelao’ detrás de las barras... pero quién le manda, por güevon. Y por escuchar a Francis.


Sin embargo, creo que Jony tenía a Dios bien montado en su lomo ese día. Milagrosamente la cola se disipó y en cuestión de segundos, presenciaba como mi tarjeta de débito estaba pasando en el punto de venta. Mi día se iluminaba nuevamente y me permitía imaginarme la frescura de las sábanas entre las yemas de mis pies.


-El cerrajero se encuentra cerca de la zona y llegará pronto.


-Muchas gracias.


Respondí. Me dio el recibo, lo tomé y abrí las puertas del local. La libertad estaba nuevamente cerca.


2:00 de la tarde y el sol quemándome la nuca. Me sentía como Rose brazos abiertos en la punta del Titanic, con todo el mundo a su favor. Compadre, lo había logrado.


Voltié a ver la calle - nada de tráfico y sólo tres semáforos de vuelta. Pillé dos cachapitas – tipo pasapalo - bajo cada una de mis axilas y decidí disimuladamente regresar mis brazos a su posición natural y tratar de no agitarme más.


Pana, yo sudo burda.


Hasta en Canadá a -30º.


Pero bueno, una raya más pal tigre. Igual en unos 5-10 minutos ya todo esto habría terminado.


Ajá.


Llaves, contról. Botón, alarma. Puerta, manilla. Abro, me siento, cierro. Enciendo, prendo el aire a toda chola. Quito freno de mano, meto primera y arranco, bajando todos los vidrios de la única Terios gris en Valencia con una calcomía que lee “Princesas a bordo” en su vidrio trasero.


Veo el semáforo en verde... si lo pesco me ahorro un par de minutos.


Meto la pata hasta el fondo, cambio a segunda, estoy por meter tercera... freno en seco.


-Carajito de mierda, ¡aprende a respetar!


Me gritó el copiloto del spark plateado que se me cruzó a 100 en una calle de servicio, mientras señalaba el semáforo como un imbécil.


Estaba en verde para mí.


Arrecho, vuelvo a meter primera mientras el semáforo apenas se ponía en amarilllo. Meto la pata completa y nada.


Nada marico.


Muer-ta.


Le doy y le doy a esa pata dos y tres veces y nada.


Luego todo ocurrió muy rápido.


Cornetas.


Adrenalina, mucha adrenalina. Seguro fue la bomba de gasolina de mierda que se jodió con el frenazo.


Reaccioné rápido. Puse la camioneta en neutro, me bajé y con una mano en el marco del carro y la otra en el volante, comencé a empujar. Pisada, tras pisada. Hasta lograr aislarme.


Recobré un poco mi aliento. Hay que mantener la calma y pensar las cosas claras. No valía nada molestarme, igual tendría que salir de esto. Saqué mi celular: 3% de batería.


Ja, obviamente.


Lo puse en modo ahorro de batería, le bajé el brillo a la pantalla a “modalidad espejo” de lo absurdamente oscura que se pone, y busqué en Whatsapp el grupito de La Florida. Pulsé el botón para grabar un mensaje vocal.


-Muchachos, no quiero entrar en detalle. Ando varado con la Terios frente a Prolicor y comenzaré a empujarla, piano piano. Si alguno se puede llegar con un mecate para jalarme o lo que sea, brutal. Ah, y me queda 2% de batería. ¡Confío, muchachos!


Enviar.


Busco contactos... Papá.


Llamar.


Repica.


Repica.


-¡Aló!


-¡Épale papá, es Carlitos!


-¿Todo bien carajito?


-Coño no, Pa’, ando accidentado en frente de Prolicor cerca de la casa, a ver si podías venir a remolcarme con la Expedition. No me queda mucha batería en el celular.


-¿Cómo dices? ¿Qué le pasó a mi Expedition? ¿Dónde la están remolcando?


Se apagó el celular.


Bueno compadre, éramos el sol, la esperanza y yo.


Paso a paso comencé a luchar. Cada pisada ardía en los abductores y en las batatas. Pero lentamente la camioneta tomaba más impulso y aliviaba un poco la fuerza que debía utilizar.


Al ver dónde iba con todo esto... me quité la camisa ya empapada y la lancé sobre el asiento de copiloto.


El problema aquí era calcular el impulso necesario para cruzar los tres semáforos que me quedaban, sin estrellarme contra nada ni nadie. Lo complicado era que, si necesitaba frenar, debía poder sentarme rápidamente para reaccionar al volante, por lo cual decidí empujar con la puerta ligeramente abierta.


Me entró una gota de sudor al ojo que ardió como si la sirenita me salpicara una chispa de meado.


Cegado de un ojo, chillando y arrecho, preferí sentarme, frenar y esperar.


Pana, mi casa era Mordor y la Terios era el anillo. Yo era Frodo, sin compañero y un viaje infinito en un horno que me cocinaba como a lechón a 500ºC.


Cuando me recuperé de la vista, decidí amarrarme la franela (aún bastante húmeda) como bandana para evitar otro escenario como este.


Semáforo a sólo 10 metros.


Me bajo del carro, me posiciono y encuentro un base firme.


El primer paso siempre es el más difícil.


Comienzo a empujar, con grito de tenista incluido, hasta que comienzan a rodar las llantas de la Terios.


El semáforo se puso verde.


Mis pasos eran muy lentos. No llegaría en este.


Almenos qué... otro grito de tenista y avancé un gran paso.


Otro grito de tenista y...


¡La terios cogió vuelo!


Levanto la cara y veo a un ciudadano solidario dándome el empujón necesario. Cuando vio que lo tenía controlado, dejó de la camioneta y siguió su camino en sentido contrario. Me hizo sonreír. Aún hay gente depinga en esta vaina.


-¡Gracias, compadre!


Le grité.


-¡Suerte, hermano!


Gritó de vuelta.


Volteé hacía el frente y seguí el paso más acelerado que podían mantener mis muslos.


Apenas iba un semáforo y ya me temblaban un pelo las piernas. Sólo dos más.


Aproveché el impulso que cargaba, el fulano momentum como le llaman, y utilicé toda mi destreza para empezar un leve y muy forzado trote.


-¡Ahh! ¡Ahh! ¡Ahh!


Mis gritos ya eran militares.


-¡Ahh! ¡Ahh! ¡Ahh!


Seguí avanzando a paso firme.


-¡Vamos, hermano!


Me dijo el ciudadano número dos en plena Avenida Feo la Cruz mientras se unía a mis esfuerzos que me otorgaba la fuerza necesaria para pasar la segunda barrera. Se desprendió del vehículo justo antes que atravesara el segundo semáforo – y me dejó trotando, todo mojado, y con una Terios bajo del brazo.


-¡Gracias compadre!


-¡Pa’lante viejo!


Me exclamó de vuelta, mientras yo terminaba mi sprint.


Sólo un semáforo más. ¡Vamos carajo, sí se puede! La automotivación es esencial en momentos así.


-¡Wujú! ¡Daleeee Carlitooo, daleee, daleee!


Los gritos venían del otro lado de la avenida. Levanté la mirada, pero me cegó el sol. Creo que era Lora haciéndome porras desde el confort de su carro con el airesito a millón. Eso significaba que habían llegado a mí rescate. Mecate, carro, remolque.


Listo. C’est fini.


En ese momento terminaba la travesía. Gracias a Dios porque de pana que, si seguía avanzando, me desplomaría en cualquier momento. Y de pronto, ahí debajo de la enorme estela de luz apareció una gran silueta de humanos y eran...


Valentínsito y nadie más que su presencia.


¡Grande Sito!


Dije feliz y a la vez medio preocupado.


¿Por dónde vienen los demás? ¿Tú tienes el mecate?


Medio frustrado, como siempre, y aún bajo del reflejo del sol me dijo,


-Yo no sé nada; sólo vine a ayudar.


Levantó la mirada y logró verme bien.


-¡Qué asco, marico! Yo te ayudo y depinga todo, pero por favor mantén la distancia, ¿¡Ok!? ¿Y cuál mecate, jajaja? Los demás no sé, a mí me soltó Lora que andaba con ella y escuchamos tu mensaje.


-¿Cómo así y ella dónde fue?


Le dije, aturdido.


-Estábamos comprando aguacates en Kromi. Ella siguió a buscar lo que le falta, seguro la vemos a la vuelta.


Suspiré profundo. Seguro que la vemos de vuelta.


Me tragué las esperanzas que habían surgido y regresé a mi burbuja “efecto invernadero” llena de calor, dolor y mucho sudor. A echarle bolas, papá – no queda de otra. Esto pica y se extiende.


-Bueno, Sito, aprecio mucho tu ayuda. ¿Te pones del otro lado?


-Tranquilo, Cha. Y claro patrón, mientras más lejos de ti, mejor.


Se río y tomó su posición para empujar desde el lado del copiloto.


-Sito, nos queda un sólo semáforo. Cuando yo te grite “DALE” tú metes toda chola, ¿oíste? Es que de pana hay que cuadrar para agarrar el semáforo en verde en pleno movimiento, porque si no, nos quedaremos varados en media vía y quién se aguanta a los Valencianos desesperados saliendo a la playa.


-Dale.


-Gracias nuevamente, Sito.


Proseguimos con los esfuerzos. Yo dejaba un caminito de gotas de sudor, así como Hansel lo hizo con pan para no perderse de vuelta. Su pan se lo comieron los pájaros y mis gotas las secaba el sol. Valentínsito parecía estar sufriendo también, pero al menos ahora era un sentimiento colectivo.


Todo sucedía muy rápido y de pronto, con un surgimiento inesperado de fuerzas, grité:


-¡DALE! ¡DALE SITO! ¡DURO!


Mientras aceleraba mi paso para convertirlo trote. Semáforo ya en verde, a punta de pasar a amarillo.


-¡DALEEEE! ¡DALE QUE SÍ LLEGAMOS!


-¡AHH!


Gritaba Sito, mientras toda la avenida Feo La Cruz volteaba sorprendida a ver dos individuos gritando a pulmón, empujando una Terios un viernes de Carnaval a las tres de la tarde. Cuando veía la cara de asco que nos ponían ciertos ciudadanos, yo no podía comprender como hace tan solo 25 minutos yo me estaba arropadito, con los brazos cruzados, ojitos cerrados y a punto de partir a mi descanso sempiterno.


Las vueltas que da la vida.


-¡Dale!


Me quedaba sin piernas y sin oxígeno, pero ver como completábamos el último semáforo me llenaba de un sentimiento de ligereza y satisfacción. Sólo quedaba la vía de servicio y estaríamos de vuelta en La Florida.


-¡Bien viejo, no falta nada, carajo!


-¡Nagüebonadas! Dame un chance Cha, necesito recuperarme.


Me decía mi panita con un par de gotas de sudor en su frente. Cabe remarcar que eran las primeras gotas de sudor que le veía derramar en su vida y llevaba un poco más de quince años conociéndolo. Compadre, hacía calor ese día. Y si te digo que el burro es pardo, es porque mira, tengo los pelos en la mano.


-¡Es muy arrecho retomar el arranque! Si quieres camina y no empujes. Retoma cuando puedas. Ya no falta nada y no podemos dejar que se frene en seco.


Le expliqué mientras mis piernas seguían en movimiento. El gladiador designado recuperó su aliento y estaba de vuelta. Solidario hasta el fin.


Sin embargo, se nos presentaba un último obstáculo el cual había totalmente olvidado: El montículo antes de entrar en el edificio también conocida como “la puta loma”.


La calle de servicio contaba con una inclinación al estilo montaña rusa – una subida bastante inclinada y luego su respectiva bajada. Sito y yo nos percatamos de este problemita al mismo tiempo, nos vimos uno al otro y nos reímos. Incrédulo, me dijo:


-¿Estás claro que no hay chance, verdad?


Lo ignoré porque no había mucha distancia para obtener el impulso necesario para poder sobrepasarla.


-¡DALEEEEE!


Comencé a gritarle otra vez.


Sin mucho tiempo que pensar, el luchador dio su último respiro. Cuando se acercaba la loma, tuve un flashback de todas esas películas de barcos que luchan remontado olas intimidantes. Recordé a Tom Hanks fracasando una y otra vez tratando de escapar de la isla del naufrago...


-¡DALEEEEEEEEEEE!


Me quedaba sin voz mientras que la camioneta iniciaba el ascenso. Comenzaba a montar... se acercaba al tope y de pronto comenzó el descenso... pero en reversa.


Sito saltó hacia el monte y yo hacia adentro del carro, para lograr tomar el control del volante y frenar antes de estrellarme contra los árboles. Ya en control, dejé que la gravedad nos situara en piso plano detrás del montículo. Metí freno de mano y me bajé del carro.


-Jaque mate.


Le dije a Sito, que se limpiaba el pasto de su camisa.


Rendido y completamente exhausto, me convencía que había nadado un mar de vapor para morir en la orilla.


-¿Ahora qué, Cha?


-Valentín, no sé qué decirte. Necesito respirar un pelo. ¿Tienes batería en tu teléfono?


-Lo dejé en la casa.


Me comencé a reír.


-Si quieres siéntate o termina de darle para el edificio, igual estamos aquí al lado. Gracias por todo, ya prácticamente estamos aquí. Ya en cualquier momento alguien...


Me interrumpieron los cornetazos del Subarú verde que se acercaba a toda velocidad y se posicionaba justo detrás nuestro. Mi espíritu retomó vuelo.


¡YES!


Efectivamente. Se bajaron Monchi, el Teté, Lucho, Ana y Marie. Full house, papá. El Fiesta negro también se unía a los cornetazos, anunciando que Lora también había terminado sus compras.


Todos se bajaron de los carros y se acercaron a nosotros.


-¡MIERDA!


Gritó uno.


-¡ASCO!


Exclamó el otro.


-¡Dios mío, Carlitos! ¡En mi vida te había visto así! Ya va, o sea, yo necesito una foto de esto.


Salió la chismosa.


-¡Tarzán Puyol!


Se burlaba el Teté.


Ya ni recuerdo todos los atentados contra mi presencia física. Cada uno expresaba su asombro ante mi persona. Te repito: yo sudo burda. Y fácilmente eso estaba en el top 3 de las mayores sudadas de mi vida. Ignorando lo que ya para mí era cotidiano, pregunté:


-Monchi, ¿será que te pones con el Subarú en frente y le amarramos el mecate?


-¿Cuál mecate? Vamos a echarle pichón. Entre todos que esto es 2-T, Charlie. Pero epa, epa, no te acerques mucho.”


Esa expresión me traía malos recuerdos. Y bueno, ¿por qué jalar cuando se puede empujar? Lógico, ¿no?


-Ya va Monchi, dame un respiro, papá. Que en esta subida hay que dejar el alma.


Pasaron un par de minutos y nos colocamos dos adelante y tres atrás, listos para el asalto final.


Con mis piernas aún temblando y mi mano en el volante, anuncié:


- ¿Listos, muchachos?


- ¡PLOMO! ¡ACTIVOS!


-¡Uno, dos...!”


Los gritos colectivos se escucharon en Caracas, sin embargo la Terios quedó firme, inmóvil.


-¡¿Qué carajos, es de plomo acaso?!


Preguntó Monchi.


Cuando me di cuenta lo que había sucedido, no pude contener las carcajadas.


-Ya va muchachos. Denme un segundo. Quitaré el freno de mano y le volvemos a dar, ¿les parece?


Lucho estalló en risas también.


-Verga Carlitos, tú tienes unas vainas... ¡que cabrón!


Monchi las chilló. Me metí en la Terios, quité el freno de mano y la camioneta lentamente empezó a retroceder.


¡Pilas, pilas!


Grité mientras todos se pusieron nuevamente en posición.


¡Bueno muchachos, ¡ahora sí! ¡uno, dos... ¡tres!


Comenzaron a rodar las llantas de la camioneta lentamente.


-¡Denle que necesitamos más fuerza! ¡DALE!


Nuestros chillidos aceleraban la camioneta lentamente.


-¡MÁS!


Volví a exclamar.


-¡CÁLLATE!


Gritaba Monchi, dejando hasta el último aliento.


Vi cómo empezábamos a ganar altura rápidamente, pero la cima parecía nunca llegar.


Llegó mucho más rápido de lo esperado y me hizo palidear. Todos de pronto habían dejado la camioneta y quedaba sólo yo, abrazado del volante y rebotando los pies a gran velocidad contra el concreto para mantenerme a la par del vehículo y no ser arrollado.


Tuve que dar un salto de cabeza hacia dentro del automóvil y bruscamente girar el volante a la izquierda para evitar llevarme un samán de frente.


Mi sabiduría me dio la destreza de no pulsar sobre el freno y usar la fuerza combinada de mis panas y el de la puta loma para llegar a mi residencia.


Solté un pequeño sollozo mientras me estrujaba los ojos con mis manos y finalmente “estacionaba” el carro afuera del condominio, justo en frente de la vigilancia. Mis amigos llegaron al instante, mientras yo me bajaba, vuelto mierda de mi carro.


Bastante débil, proseguí a entrar a La Florida.


Ahí estaba Jony, fumándose un cigarro de lo más tranquilo, fresquito y cagado de la risa.


-¡Épale Carlitos! ¡Gracias viejo!


Analizó mi aspecto rápidamente.


-¿Qué te pasó chamo?


-Una larga historia, Jony. Se me accidentó la Terios pero los muchachos me ayudaron. ¿El cerrajero ya se fue?


-Sí vale, hace rato. Acaba de entrar Richard, por cierto. Se regresó de Tucacas porque me dijo que la cola estaba inmamable, pero le dije que tú ya habías resuelto.


Jony, por favor deja de decirme estas cosas.


-Y mira, ¿tú no te tienes que ir a ver a tu esposa?


Le pregunté.


-Me llamó para decirme que le cambiaron el parto a mañana. Hoy fue falsa alarma. Voy a doblar esta noche y salgo directo en la mañana.


Me le quedé viendo, incrédulo.


-Mis mejores deseos, Jony. Yo me retiro.


-¡Gracias!


Agradecí a los florideños y me dirigí cojeando al ascensor de mi torre, destruido y deseando que ese día llegara a su fin.


Lo que llegaría a su fin minutos después sería la luz, el internet y el agua – pero ni eso fue capaz de detener mi merecido descanso.



FIN

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